Era se una vez, un niño muy guapo, al que le gustaba mucho ir a pasear al campo, tanto le gustaba que había insistido tanto a su padre que éste, le había comprado una casita chiquitita, en un campo precioso.
El campo tenía muchos árboles, y muchas flores y montañas y ríos y era tan grande, que las casas más cercanas se veían pequeñitas, pequeñitas, tan pequeñitas que parecían de juguetes.
El niño, todas las tardes después de venir del colegio, cogía unos prismáticos que le había regalado su madre, y se iba al campo a observar a los pájaros, a los animales, a los árboles, y andaba mucho y corría más, buscando sitios donde poder observar con los prismáticos. Tanto le gustaba, que se llevaba horas y horas viendo a los pájaros y a los animales, pero éstos, como le tenían tanto miedo al ser humano, cada vez que veían al niño con los prismáticos, echaban a correr y a correr, porque se creían que el niño les iba a hacer algo. Que equivocados estaban, porque no sabían que el niño solo quería mirarlos, verle a los pájaros sus plumas de colores, a los ciervos sus cuernos puntiagudos y retorcidos, y a los conejos sus orejas grandotas. Pero los animales no lo sabían, y corrían, corrían y corrían. Pero al niño, le gustaba tanto el campo y los animales, y como tenía los prismáticos, podía ver desde muy lejos, tan lejos que los observaba antes que los animales se dieran cuenta que alguien los estaba mirando.
Un día iba andando, pensando en las tareas del colegio que tenía que realizar al día siguiente, cuando de pronto vio a sus pies un pajarillo, un gorrioncillo chiquitillo que, como todavía no sabía muy bien volar, se había caído y se había roto un ala, de tal forma que estaba en el suelo echado, a ver si venía su madre o algún pájaro y le ayudaba a llegar a su nido. Pero nadie venía, se estaba haciendo de noche y si seguía así, podría morirse de hambre y frío, cuando de pronto escuchó unos pasos y;
Oh, un gorrioncillo que bonito, pero que té pasa, porque estas en el suelo tirado y sin tu madre a tu lado le dijo el niño.El gorrioncillo asustado le dijo.
Oh, por favor, niño humano, no me hagas daño, no me mates, no me asustes, estoy aquí herido, porque me he caído y no puedo volar, mi madre no sabrá dónde estoy, y se va a hacer de noche, y no voy a poder estar para cenar, con mi padre y mis hermanitos.Al niño le dio mucha pena verlo allí tirado, pobrecito, con el ala rota y sabiendo que no iba a poder estar a la hora de cenar con sus padres y sus hermanitos. Así que lo cogió, y como el niño tenía una mochilita con un pequeño botiquín, le curó el ala con venda y agua oxigenada, le dio unas miguitas de pan que le había sobrado del almuerzo y le dijo al gorrioncillo.
Vamos, ya que estas curado de tu herida, y te he dado un poco de comer para reponer tus fuerzas, sal volando, y ve a buscar a tu madre antes que sea más de noche, ¿porque tú sabes donde está tu casa no? Bueno pues si lo sabes, corre.Oh, gracias que bien me has curado y que rico estaba el pan, sí, sí, más o menos sé donde está mi casa, y como mi madre me estará buscando enseguida estaré con mi familia, gracias niño, muchas gracias.
Y el gorrioncillo salió volando muy contento, porque gracias al niño que le había curado y dado de comer, esa noche no pasaría frío ni estaría fuera de su hogar. Y pensó, que lo que le había pasado se lo tendría que contar a sus padres, a sus hermanos, y a sus amigos.Otro día iba el niño andando por un bosquecillo de pinos, cuando al pasar un enorme pino gigantesco, se encontró a una cierva tirada en medio de un claro, estaba chillando de dolor y rabia, pues un maldito cazador, había colocado una traicionera trampa, justo en el sitio donde ella iba a buscar comida para su familia, con la mala suerte que al poner la pata junto a unas hojas secas, al lado había un lazo, y claro se quedó atrapada en él, y allí, llevaba más de dos horas, luchando sin poder zafarse. Entonces fue cuando llegó el niño en ese momento, y ella creyendo que era el cazador empezó a gritarle;Aléjate, aléjate, no te acerques a mí, traidor.
El niño asombrado gritó;Tranquila cierva, tranquila, yo no soy el cazador, ¿qué te ha pasado?.Pues fíjate, un cazador humano ha puesto un lazo trampa donde yo siempre vengo a comer, y he caído en él, y lo malo es que tengo a mis hijos chicos en mi cueva y si no voy pronto se morirán de hambre y sed.Y le dice el niño;Tranquila, si te estas quieta un segundo, podré cogerte la pata con las manos y sacártela del lazo sin problemas, así podrás marcharte tranquila, y podrás llevarle la comida a tus hijos.Cuando el niño la sacó de la trampa salió corriendo, no sin antes darle las gracias al niño, prometiéndole que le diría la buena acción del niño a todos sus parientes y conocidos.
Así, días más tarde cuando el niño iba por el bosque, con sus prismáticos para observar a los animales, ya no los necesitó más, porque los animales sabían de las buenas acciones del niño sobre el gorrioncillo y sobre la cierva, y cuando se lo encontraban en el campo, los animales se acercaban al niño, para que éste los pudiera tocar y acariciar. Y así, durante toda su vida, los animales tuvieron un amigo humano muy especial, un niño que después fue hombre, que cuando estaban en peligro y necesitaban ayuda, éste se las ofrecía, y cuando él quería tocar a un animal, el animal se dejaba hacer encantado y fueron felices toda la vida.
