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N-340 ep3

Quien haya andado, por el arcén de una carretera, al medio día, a una temperatura cercana a los cincuenta grados, sin protección en la cabeza, en un territorio árido y desconocido y sin saber cuanto falta para llegar a algún sitio, se podrá hacer una imagen, de los pensamientos que se le pueden cruzar a alguien por la cabeza. Más difíciles serán los pensamientos de alguien en estas condiciones, si además, la mente está enturbiada, como la de nuestros tres viajeros. Mahed temía por su vida, Hassan deseaba destruir y aniquilar cualquier cosa que se interpusiera en su camino hacia su supuesta riqueza y Rabit permanecía pendiente a su inseparable amigo, silencioso y disciplinado acataría cualquier orden, como un fiel perro de presa, rápido y salvaje, no defraudaría a su amigo, ejecutaría su orden sin pestañear. Varias horas andando y los ánimos no habían hecho mas que aumentar en tensión y violencia. Si la estación no aparecía pronto delante de sus ojos, la sangre correría y Mahed sabía cual iba a ser. De pronto, como un espejismo, bailando a los ojos por la distancia y el calor, la silueta de varias naves industriales, a la derecha de la carretera aparecían borrosas, a los ojos de nuestros tres viajeros. Parecía mentira, pero la visión no era tal, sino la cosa mas real que habían visto desde que cogieron el cruce y se adentraron en esta maldita carretera. Dos naves altas, rectangulares, con vigas de hierro y techo de Uralita, hacían una paralela cuyo fondo en su impresión era increíble. La nave de la derecha, hacía la vez de vivienda, de restaurante y de gran almacén, todo ello en una misma estancia gigantesca. Como únicas paredes, las gruesas vigas de metal y al final el fondo del campo. Como techo, la Uralita, que al ser este de gran altura, entraba una muy buena luz y ventilación. Por el medio de la estancia sofales y mesas, sillas y taburetes, una pequeña televisión, una cocina y una gran barra, miles de botellas y cientos de vasos, al fondo varias camas y un gran ropero. Al fondo del imponente ropero, estanterías, pero no una ni dos ni tres, sino docenas; docenas todas ellas metálicas de las típicas, de las bandejas de sesenta por noventa, repletas de útiles, para todo tipo de faenas, herramientas, ropas de trabajo y de vestir, guantes y calzados y repuestos. Si…… muchos repuestos, repuestos de maquinaria, de coches, de aparatos mecánicos, eléctricos y demás, porque en definitiva, el cartel, el inmenso cartel que tenía colgado esa primera nave, rectangular, de color blanco, con unas letras grandes en negras, colgado con dos tiras de cadena, a una IPN de 260, era REPUESTOS GARCIA y en unas letras mas pequeñas, también pintadas en negra, justo debajo de las anteriores: BAR, COMIDAS, CAMAS. Justo en el centro de las dos naves, tres surtidores, Gasoil, Súper, Normal y justo a la izquierda de dichos surtidores, otra nave, idéntica en dimensiones, altura y longitud a la anterior. Esta donde un anciano y una muchacha, pegaron un salto del susto, justo cuando una docena de rotwailer, aullaron y ladraron con frenesí, inquietos y nerviosos, cuando una pequeña sacudida de viento seco, trajo el olor, de los tres viajeros. La nave de la izquierda, medio taller, medio perrera, era en donde los García, pasaban la mayor parte del día. En su buen taller, con su puente grúa, sus tornos, sus eléctricas y sus radiales, acompañados, justo en el otro extremo, por sus inseparables animales, Tomás y Ana pasaban el caluroso día, junto a la carretera del diablo, la carretera más solitaria del estado, padre e hija, habían formado un hogar. Talleres y Repuestos García, era el cuadrado que Mahed, veía en el viejo mapa, señalándoles el centro de la carretera N-430, donde hace muchos años, Tomás se instalo, montó un gran desguace y su peculiar estilo de instalar un buen taller, un buen restaurante y un respetable hogar. Ana por ser más joven, fue más rápida, apagó las maquinas y dio una orden, ¡adentro! Rápidamente el silencio y los perros en su sitio, fue un instante. Tomás, cerró el candado, que cerraba la puerta metálica de la alambrada que separaba el taller, del extremo de la nave en donde Tomás y Ana, adiestraban a sus perros de pelea. A la espera de algún desconocido, antes siquiera de que lo pudieran ver, los perros aullaban a la muerte. Sus dueños conociéndolos bien sabían que quien quiera que se acercara, traía el inconfundible olor del odio y la violencia, el inconfundible olor de la muerte.

— Tenemos visita Ana, una visita tenebrosa, sea quien sea, no trae nada bueno.— sentenció Tomás.

— El calor y la carretera, han hecho de las suyas, el viajero que se adentra en la carretera de diablo, tendrá su oportunidad de salir o morir. Preparémosno, el destino vuelve a jugar con nosotros.

— Saca la mejor comida y el mejor vino, el hambre tiene muchos nombres.

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