La noche llego al fin al territorio por donde pasaba la N-430. Los pocos habitantes que permanecían en aquel inhóspito lugar, empezaban a salir de sus refugios, con las primeras estrellas. El calor insoportable del día dejó paso a una fresca noche, llena de estrellas y de cantos de grillos. Los que se animaban a salir de fiesta, conducían algunos kilómetros en dirección al único lugar, donde se podía pasar bien por aquellos contornos. Buena música, buen alcohol y buena compañía, para pasar una noche agradable, y el sitio de reunión era siempre el mismo Bar-Restaurante García. Los primeros automóviles que enfilaban en dirección a las naves rectangulares, siempre eran los mismos. Los hermanos Lober, el Sr. y la Sra. Duncan, la familia Pérez, …..más tarde, después de las doce, llegarían los demás, Ton Curtis, el Sr. y la Sra. Morales, etc., todos sin excepción se reunían, noche tras noche, sin faltar ninguno a su cita nocturna, desde hacía mucho, pero que mucho tiempo.
Allí bebían, allí veían la televisión, allí jugaban a juegos de mesa, allí se contaban historias, siempre, cuando las primeras estrellas salían al anochecer. Se adentraban en el sendero, cuya niebla permanente les daba la bienvenida, algunos tocaban el claxon de sus automóviles por costumbre, como avisando que ya habían llegado. Aparcaban y se iban directos a sus sillones o a sus sillas preferidas, que sin tener nombres puestos, cada uno sabía cual era la suya, allí hojeaban revistas o se echaban las primeras copas o se preparaban algún bistec. Uno a uno iban llegando, y uno a uno iban saludando a los dueños de la propiedad.
— Que tal Tomás ¿cómo ha ido el día?.
— Niña, ¿la cerveza está fresquita hoy?.
Y a todos y cada uno, Tomás y Ana, sonreía y respondía a sus bromas, sabedores que una noche más, como todas las noches desde hacía muchas, la juerga que se iban a montar, sería a lo grande.
Juan Lober fue el primero en sacar el tema a relucir, aunque, pensándolo bien, alguno tendría que ser el primero. — ¡Hey!, Tomás, todavía funciona esa vieja grúa, que tienes aparcada, desde que sé yo, cuantos años.
— Juanito, Juanito, esa vieja grúa, como tú la llamas, arranca sin, ni siquiera pisar el acelerador, y me apuesto contigo, todas las cervezas que te vayas a beber esta noche, que el motor hace menos ruido que tu viejo y sonoro pecho de lata. ¿Por qué lo preguntas?.— le desafió Tomás, entre risas y carcajadas. — Bueno, es que al venir para acá, he visto en el arcén, un viejo Mercedes Benz 300 D. Supongo que estará abandonado pues no he visto a nadie por los alrededores. Me preguntaba si no te importaría, acompañarme e ir a por él. — Eso está hecho Juan Lober, si te esperas un minuto, a que le sirva la tortilla de patatas a Carolina Pérez en una media hora, estamos de vuelta con el Mercedes en el remolque, si quieres, lo puedes dejar en el descampado, y más tarde lo intentaremos arrancar, a ver sí tenemos suerte y funciona. — De acuerdo Tomás, mientras seguiré con mi cerveza.
IX
Salieron y no tardaron ni media hora en volver con el Mercedes, efectivamente como buen mecánico, Tomás solo tubo que ponerle un radiador nuevo y una bomba de agua, para hacerlo funcionar esa misma noche. Ni en la ida ni en la vuelta, vieron a nadie por los alrededores, que le pudieran dar una pista de que el Mercedes tuviera dueño, así que los hermanos Lober se quedaron con el bonito automóvil.
X
Al día siguiente, un joven matrimonio, conduciendo un Ford Escord, se adentró en la carretera 430, según el copiloto, el marido de la conductora de vehículo, esa carretera les ahorraría tres horas de ventaja, para llegar a la playa Canalón. Sin duda, y a pesar de que parecía muy solitaria, el tiempo ahorrado, les merecería la pena. Fue su mujer, la que aceleró más aún sí cabe, cuando después de varías horas, de estar en la carretera, sin cruzarse con ningún ser vivo, decidió no pararse, al ver a tres hombres en el arcén, haciendo autostop.
— ¡Hey! Mujer, ¿por qué no has parado? Parecían cansados, además uno de ellos tenía una garrafa en la mano, seguramente se habrán quedado tirado sin gasolina, y por eso están haciendo dedo con la calor que hace.
— De eso nada, macho, no pararía a esos piezas por nada del mundo, no me ha gustado sus pintas ni un pelo. Además, ya están cerca de la gasolinera, por cierto ¿no tienes hambre?. El joven matrimonio, comerían a lo grande en el Bar-Restaurante García, en las naves, comiendo y hablando amigablemente con Ana y Tomás. Y cuando iban saliendo por el sendero, de vuelta a la carretera, y a pesar de que miraron a conciencia, ni siquiera llegaron a divisar a las tres figuras, siniestras que hacían autostop, quien sabe desde cuanto tiempo.
Los que sí olían el putrefacto y nauseabundo olor de los tres hombres, eran los perros, que felices en sus perreras, aguardaban la hora en la que Ana, llegaba para jugar con ellos.
FIN
