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N-340 ep vii

Cuando Hassan, Rabit y Mahed, dejaron el sendero que les alejaba de la propiedad de los difuntos García, para seguir carretera adelante, hacía su vehículo, notaron dos cosas: que se alejaban de la neblina, que no les había abandonado, en todo el tiempo que estuvieron en la propiedad; y que se notaban mas relajado, más animosos entre ellos, incluso se permitieron hacerse bromas, en relación con la barbarie que según Hassan, —- no tuvieron más remedio que realizar.

El día, la claridad, el calor estaba dejando paso poco a poco, a la noche, las sombras y el frío. Avanzaban a paso rápido, la conversación fue nula en todo el viaje de vuelta, sus ojos se iluminaban cada vez que creían ver un bulto en el arcén, ¿tan lejos dejaron el coche? No recordaban con claridad la distancia, pero sus piernas empezaban a cansarse por la caminata, además, no podían permitirse el lujo de ser vistos por alguien.

Mahed, llevaba el carrillo de mano, el único sonido que se escuchaba era el ruido chirriante de la rueda mal engrasada, el tintineo de las llaves fijas al chocar unas con otras, el gas-oil chocando col las paredes de la garrafa y sus respiraciones, la pregunta clave salió de labios de Radit. — Hassan, por qué no nos hemos cruzado con nadie en todo el viaje, exceptuando claro está a los García. Hassan en todos los sitios, silva el viento, ¿porqué no lo escuchamos nosotros en este lugar? Ni los desiertos mas alejados están tan vacíos de vida como este.

— Cállate Rabit, pronto estaremos en el coche y todo nos parecerá un mal sueño. Pronto llegaremos a algún lugar civilizado, donde las mujeres vendrán a recibirnos con los brazos en alto. — Hassan abre los ojos joder, — le gritó Made — no saldremos jamás, este sitio está maldito, noto que algo hay sobrenatural en él, pero no sé exactamente lo que es, lo que sé, es que este lugar será nuestra tumba, tenlo por seguro. Mahed recibió un fuerte golpe en la nariz que le provocó una escandalosa hemorragia. La respuesta de Hassan fue contundente, el reguero de goterones de sangre que dejaba Mahed en la carretera no llegaría a secarse jamás, los perros la lamerían antes, saboreando el aperitivo que pronto se convertiría en banquete. Uno a uno fueron saliendo de la jaula que horas antes cerraba Tomás con candado. Seguramente la puerta siempre quedaría cerrada, pero ellos no permanecerían por más tiempo en aquel que un día fue su preciado hogar. El agujero fue ensanchándose, su diámetro permitía el paso justo, primero de sus cabezas, negras y sangrantes, después del cuello robusto y corto, a continuación sus cuerpos medio deformes, todo músculo y fibras. Uno a uno, veloces como rayos, se encaminaron al sendero que daba entrada o salida a Repuestos García. Uno a uno, sedientos de sangre, tomaron la dirección acertada, que les llevaría al trágico desenlace, por desgracia para nuestros tres viajeros, diez serían las bestias que caerían sobre ellos en pocos minutos. Hassan iba delante de la pequeña fila india que formaban por el arcén de la N-430, las respiraciones agitadas y el chirrido de la rueda, eran los únicos sonidos que acompañaban a los hombres. Mahed cabizbajo, ya casi no se sentía los brazos, gotera a gotera se le había secado la hemorragia de la nariz, que minutos antes le había provocado Hassan con un repentino golpe.

Por fin en un pequeño desnivel, a lo lejos, a la sombra de la luna, el viejo Mercedes Benz aguardaba quien sabe que. Sus dueños al divisarlo a pesar de la oscuridad y la poca luz, empezaron a dar saltos de alegría y emoción. Ya se veían fuera de aquella pesadilla de carretera, Mahed arreglaría el coche en un santiamén, y pronto, estarían en la próxima ciudad, cualquier sitio con tal de que tuviese un par de calles o un buen bar. El último grito de alegría, el último salto de emoción y cuando pararon los tres a la vez, los tres a la vez se giraron de golpe en dirección, por donde venían. De un repecho cercano oyeron en el silencio de la noche, las pezuñas rasgando el asfalto; diez siluetas que no tenían más explicación que la de empezar a correr hacia el Mercedes. Los perros habían aumentado la carrera, a medida que el olor de los viajeros iba aumentando en intensidad, cada trote más acelerado, a medida que la presencia de las tres victimas se ibas haciendo mas real. Cuando algunos, lamiendo los goterones frescos de sangre de la nariz de Mahed, adivinaban ya el sabroso banquete que les esperaba, no podían evitar por naturaleza dejar caer regueros de saliva. Apretaban más las mandíbulas, sin embargo con el recuerdo todavía presente, de sus dos dueños asesinados. Los hombres se habían dado cuenta de su presencia y a trompicones corrían hacia el lejano vehículo. Mahed reía como loco, sabía de su destino y casi no le importaba, frenó en seco e hincó las rodillas en el asfalto, esperando lo peor. Hassan y Rabit confiaban en llegar al coche antes y aguantar dentro, pero aunque hubiesen conseguido llegar, las llaves se quedaron atrás con Mahed. Los perros no se lo pensaron, pasaron del viejo de momento, en feroz cacería hacía los jóvenes. Cuando el primero alcanzó a Rabit en el cuello, un segundo después tenía a tres o a cuatro perros derrumbándolo al suelo. Mayor numero de perros se abalanzaron contra Hassan, el último grito que dio en sangre, quizás lo escuchara Mahed, sabiendo lo que le iba a tocar a continuación. — ¡Viejooooooooo!. Fueron despedazados a tirones, trozos de carnes y órganos que daban palpitando en la carretera mientras los perros lo desgarraban a cada mordisco. Fueron testigos directos, de su propia muerte, dolorosa y sangrienta. Veían sus órganos desparramados por el asfalto, sin perder todavía la conciencia y entre grito y grito recordaron por un momento, la causa de su matanza. Mahed, murió petrificado de horror y miedo, viendo la feroz muerte de sus compañeros, escondió la cabeza entre las piernas y esperó lo peor. Y lo peor llegó, justo cuando el último grito de dolor se apago en los labios, de las cabezas desgarradas, de sus dos jóvenes compañeros. Lo último que sintió fue un horrible bocado, que le partiría el cráneo y el cerebro a la vez.

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