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N-340 ep vi

Cuando el anciano vio lo que estaba ocurriendo, no tuvo tiempo de hacer nada más que gritar de dolor. Y es que Rabit, sabía el paso que tenía que dar, a la perfección, en décimas de segundos. Supo al mismo tiempo que Tomás y Mahed, lo que ocurría en aquella nave de la derecha. Supo al mismo tiempo que los otros dos hombres, lo que su amigo había armado mientras ellos iban a buscar las piezas y supo en ese mismo instante como tenía que reaccionar, pues dos miradas asesinas se cruzaron y sin palabras, llamaron a la muerte.

— Adiós viejo, hasta nunca — por primera vez en horas, Rabit dijo unas palabras, de las cuales jamás le hubiese gustado escuchar a Tomás. El exclamar esa corta frase y el clavarle un largo cuchillo en el corazón al pobre padre, fue un todo a la vez. Tomás no escucharía el grito desgarrado de su hija, pues antes de caer al suelo, ya estaba muerto, pero los viajeros si escucharon los aullidos de muerte, que los perros, locos por la sangre y la venganza aullaban a sus asesinos. Mahed no daba crédito a sus ojos.

— Malditos, malditos, malditos, que habéis hecho. Asesinos, me habéis condenado a vuestra misma suerte, que Dios nos proteja. — Mahed lloraba de indignación por las barbaridades cometidas de sus compañeros.

— Maldita sea la hora que decidí embarcarme con ustedes en esta maldita aventura.

— Cállate viejo cabezón o correrás la misma suerte que tu viejo amigo. —chillaba Hassan, lleno de rabia. Algo feroz manejaba sus impulsos, los cuales creaban unas circunstancias, que creía manejar.

— Espero por tu bien, que nos valga para algo, porque no estoy dispuesto a aguantarte por nada ni un minuto más. Prepara para Rabit y para ti algo de comer, saldremos en seguida, yo mientras me pienso divertir a lo grande con esta bella muchachita.

— No te atrevas a tocarme — la muchacha había conseguido soltarse de la mordaza.

— Canalla, ya has provocado suficiente mal como para condenarte al infierno por mil años, ¿no comprendes que estas siendo manejado por una fuerza, invisible y siniestra? Sigue tu camino, pues ya has marcado tu destino.

Ana recibió una sonora bofetada como respuesta ante tan extrañas palabras, al estar amarrada, era imposible el movimiento, la cual la convertían en una victima en potencia. Con ayuda de Rabit, Hassan trasladó a la muchacha a una de las camas, situada en la parte de atrás, no pensaba quedarse mucho tiempo, pero el que estuviera, lo iba a disfrutar a tope. Siempre con la ayuda de su amigo, amarraron las muñecas al cabecero y los tobillos a los pies de la cama, el martirio que le esperaba a la muchacha, acababa de comenzar. Hassan y Rabit, Rabit y Hassan, se turnaban en un continuo y macabro desarrollo de los acontecimientos. Cada vez que uno dejaba a la muchacha en manos del otro, creía tener en sus manos un amasijo de carne y sangre. No hay forma de describir las torturas, a las que fue objeto Ana, la barbarie del demonio se mezclaba con la barbarie humana, capaces entre los dos de provocar los mayores horrores que dos mentes depravadas podían provocar. Cuando cansados y agotados por el continuo salvajismo, que sus cuerpos provocaban al de la muchacha, decidieron parar, es cuando comprendieron que hacia tiempo, estaban torturando a un cuerpo inerte, ni siquiera supieron quien y cuando había matado a la muchacha. Cuando se presentaron a Mahed, que en ese momento había salido a llenar dos garrafas de gas-oil, el viejo, envalentonado por el whisky consumido, les increpó.

— Por fin habéis terminado, parecéis carniceros salidos de un matadero.

— Cállate viejo, coge los trastos, nos vamos al coche, seguiremos nuestros. — Cogeré el carrillo de mano, con el radiador, los repuestos y las garrafas de gas-oil que he llenado. He comprobado la grúa del viejo Tomás y efectivamente no arranca. Marchémosno, llevamos mucho tiempo en esta carretera y en el poco tiempo que llevamos en estas naves, demasiado terror hemos cometido.

Fue así como los tres viajeros, marcharon de vuelta al viejo Mercedes averiado a algunos kilómetros atrás. Cuando dejaron la propiedad, ya ni importancia le daban, al acto bárbaro que había cometido, solo pensaban en regresar al coche, antes que la noche cayera sobre ellos. Mientras, la cerca de alambre, comenzaba a debilitarse, por los continuos forcejeos de los perros. Las mandíbulas se cerraban con fuerza sobre el duro acero, a dentelladas, se habrían paso y ya algunos hocicos asomaban al exterior. Las puntas sobresalientes de la valla, al romperse por la presión de las mandíbulas, se clavaban en los morros de aquellas fieras, provocándoles continuas heridas; pero ni el dolor, ni la dureza del metal, iba a entorpecer la venganza de aquellos animales que instintivamente sabían que tenían que cumplir. El estrépito era enloquecedor, la valla chocaba contra los postes, que hacían temblar toda la nave a la vez. Los gruñidos, los aullidos, las respiraciones entrecortadas no dejaban lugar a dudas, aquellos animales, que un día fueron buenos compañeros de juegos de una linda adolescente, ahora danzaban un baile mortal encima de charcos de sangre y saliva de sus propios cuerpos. Pronto, muy pronto, danzarían encima de la sangre de tres asesinos, tres hombres, que habían sobrepasado una línea, cuyas consecuencias aún no conocían. Ellos se iban a encargar de hacerles comprender, que la justicia por aquellos contornos era clara y precisa, según sus actos, uno salía de la carretera o no. Los viajeros como el mazo de un juez, habían dictado su sentencia, los perros, como hachas de verdugo, la harían cumplir.

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