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N-340 Ep V

Nada más entrar Hassan en la nave de la derecha y localizar a la muchacha, el olor, si pudiera haberse olido habría sido espantoso. Ana, de espalda a la barra y frente a las sartenes en la cocina, sintió la mirada del desconocido como una daga, clavada en la columna. El calor del fuego de la cocina, ni comparación tenían con el frío interior que poseyó a su persona. Cuando se dio la vuelta, para saludar al viajero, ensayando la mejor de sus sonrisas, sus ojos se encontraron con los de Hassan, petrificando su sonrisa y convirtiéndola en un rictus desagradable y forzada.

— Buenos días señor, le estoy preparando unos magníficos bistec, que seguro, les sabrá a las mil maravillas, a usted y a sus amigos. La mejor comida, la mejor bebida y la mejor compañía, la ha encontrado usted en Repuestos García. Hassan no quiso ceder a los buenos modales, prefirió la grosería y el mando, como principal estrategia, a la hora de desenvolverse con su desconocida anfitriona.

— Déjate de chorradas y sandeces mujer y tráeme el vino y la carne ahora mismo, cuando un hombre está hambriento y sediento, las palabras cursis sobran. Y cuando me refiero a la hambre y a la sed, no solo me refiero a calmarla con un bistec y una botella de vino, sino a calmarla con toda clase de servicios. Ana, no podía creer qué poder de perversión y locura, estaban poseyendo a Hassan, sabía de los efectos de la carretera, intuía peligrosos efectos en el viajero que se adentraba en ella, pero de la difícil posesión del mal sobre el mal, pronto sabría de sus consecuencias. Estaba acostumbrada al trato diario con sus perros de pelea, estaba habituada a la violencia y a la sangre en sus continuas luchas a vida a muerte, pero nunca había visto en un hombre el brillo siniestro que Hassan despedía de sus ojos, eso la hizo dudar de su reacción.

— Bueno señor, aquí sólo se dan comidas y algo de bebidas, si está cansado le puedo proporcionar una cama, cómoda y fresquita, pero nada más se lo aseguro. En el interior de Hassan llegó un momento, que logró visualizar la verdadera proporción a lo que estaba llegando o estaba dispuesto a llegar, pero jamás llegó a intuir cuando fue consciente de su posesión total. No supo apreciar el cambio en él, cuando sobrepasó el cruce y se adentró en la carretera y menos aún cuando comenzó a adentrarse, en el camino de entrada de la propiedad de los García. Su alma se iba ennegreciendo cada vez más y el último claro que llegó a apagarse, fue sentado detrás de la barra, cuando ni siquiera llegó a ver en realidad a la muchacha que tenía delante.

— De acuerdo, empecemos por la comida. — dudó Hassan.

Dos minutos tardó Ana en terminar de freír los bistec y cinco en comérselos Hassan, si hubiesen esperado a Tomás y a los compañeros de Hassan, quizás la cosa hubiese cambiado, pero ellos enfrascados en las piezas del automóvil, tardaban demasiado.

— ¿Me puede poner un café y una copa de coñac, preciosa? — pidió Hassan.

Ana echaba de menos la buena conversación de su padre, seguro que él hubiese capoteado a las mil maravillas el temporal, hubiese calado bien al moro y le hubiese tranquilizado, porque quisiese o no, ese hombre estaba mal y no sabía cómo saldría la historia, lo único que esperaba es que llegara pronto y que aquellos viajeros se marcharan lo antes posible. No sabía como reaccionaría aquel maldito moro, pero debía estar prevenida. Pero los acontecimientos se iban a suceder mucho más rápido de lo que Ana esperaba. Cuando Ana se volvió para calentar el café y justo en el momento que pensaba en su padre y en la necesidad de estar prevenida, Hassan saltó la barra y se abalanzó rápidamente a por el cuerpo indefenso de su víctima. La rodeó con sus brazos e impulsó todo su cuerpo, contra la muchacha, el resultado fue que Ana golpeó salvajemente el rostro con la hornilla de la cocina. Un segundo después el asesino hizo girar el cuerpo de la muchacha sobre sus brazos, lo cual le permitió verse frente a frente con su asesino, antes de ser golpeada en el cuello por una mano diestra y acostumbrada a dejar a sus víctimas inconscientes en décimas de segundos. Un minuto fue necesario para que Ana recobrara el sentido, el necesario para que ese abominable hombre que le había atacado, tuviera el tiempo necesario para amordazarla y amarrarla fuertemente a una viga de su apreciado hogar. Lo había conseguido y además en muy poco tiempo. La había golpeado y la había inmovilizado. Incluso amordazada, su desesperación se hizo terrible. Cuando Tomás volvía con el radiador en un carrillo de mano, hablando amigablemente con Mahed, notó un revuelo inusitado en sus perros. Andaba entre medio de los dos hombres a un paso rápido directo al bistec que se suponía, su hija tendría ya preparado. El cansancio de la vejez, la charla animada de su nuevo amigo y la impaciencia por ver su hija fueron suficientes como para no echarle la suficiente cuenta a los perros, lo cual hubiesen actuado de inmediato. Siguió para adelante y ni por un momento, supo lo que se le venía encima, la bondad de Mahed lo tenía encandilado. Los perros no vieron la escena que ocurrió en el bar de los García, pero si oyeron y olieron la escena que se estaba desarrollando, si no fuera por la alambrada, ya hacía tiempo que habrían actuado rápida y ferozmente. Mientras e intuyendo lo que iba a ocurrir, algunos ladraban con furia, otros ya se dedicaban a roer con sus fuertes colmillos el duro metal de la alambrada. El tiempo que tardaran en vencer al duro metal, todo dependería de su dureza, solo necesitaban un pequeño agujero, el suficiente para que cupiera sus negras cabezas.

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