El día amaneció brumoso y desapacible, con llovizna incómoda y persistente, una humedad y una niebla, de las que quitan las ganas de emprender la marcha al más osado de los aventureros.
Con todo y con eso, nuestros corazones, deseosos de emprender la gran experiencia que nos esperaba, decidimos comenzar el camino, de salida y posterior retorno, la desembocadura del Tinto y el Odiel, pasando por las colinas de Trigueros y Beas, adentrándose de lleno en monte bajo de las tierras de Valverde del Camino para que, entre curva y curva, toparnos poco a poco, con el andévalo onubense y con ello a la tradicional localidad de Zalamea la Real, y ya continuando por la nacional Huelva-Badajoz, nos adentramos de lleno en los montes altos de las estribaciones de Sierra Morena más concretamente en el Parque Natural de Picos de Aroche y Sierra de Aracena y más exactamente en la localidad de Almonaster la Real, dentro de sus montes y aldeas adyacentes. Este trayecto de ciento y pico de kilómetros por carretera nacional Huelva-Badajoz fue de extraordinaria belleza en cuanto a lo inaudito de su paisaje, nubes de procedencia africana, que a su paso por el Estrecho de Gibraltar, habían decidido subir con nosotros a los montes, y atravesar e impregnar con su fina humedad, los pinos y olivos de nuestro trayecto mágico.
Llegados de Almonaster y aparcado el coche en un seguro lugar, al lado de una antigua iglesia, cubrimos las mochilas con plásticos, para preservarlas del agua y emprendimos la marcha, la que sería una de las más bonitas en cuanto a paisajes vistos y momentos de convivencia vividos, de los que he realizado hasta la fecha.Esos montes, enlazados unos con otros, testigos mudos de un tiempo lejano y glorioso, muros de inquebrantable altitud, viejos guardianes todos ellos, de un apreciado tesoro, la armonía de la bella y silenciosa naturaleza.
Y entre medio de ellos, pequeñas aldeas y tranquilos caseríos, en los cuales el hombre ha sabido vivir en perfecto equilibrio y armonía con todo lo que le rodea, por los tiempos de los tiempos. Blancas y luminosas casas, donde la tranquilidad y el sosiego, son notas predominantes, en un espacio donde las prisas, el estrés, los nervios… no tienen entrada. Donde las personas están acostumbradas a la amabilidad y al buen hacer, donde las gentes llevan el trato con buenos modales y respeto al prójimo, debido en parte al estado de equilibrio, vegetación, verde y fresca vegetación, se entremezcla la zarza con la jara, la jara con la encina, la encina milenaria con el rugoso alcornoque, verde, verde, verde a lo que alcanza la vista, montañas verdosas, aldeas rodeadas de un inmenso océano verde, que frescor que espectáculo de belleza.
Y de aldea en aldea, atravesando monte tras monte y adentrándose entre encinas y alcornoques, flotando a la deriva entre jaras y zarzas, caminos, caminos anchos o estrechos, en descenso vertiginoso o en ascenso infernal, con empinadas cuestas o con suaves ondulaciones, de piedra dura y gris o de tierra, entre precipicios fantásticos o arroyos cristalinos, entre dehesas y riscos, caminos, caminos reales o caminos entre andurriales.Dios bendiga al caminante, que disfruta de tan bonito espectáculo, pues los recuerdos de lo visto, no se le borrarán tan fácilmente.
