Mahed, Rabit y Hassan, dudaron unos instantes sí adentrarse, en el pequeño carril que conducía a Repuestos García. Habían oído a los perros ladrar y ante tan siniestro sonido, se le erizaron hasta el último cabello, además notaron algo raro en el ambiente, un no sé que, que les advertía de no continuar, un algo que les decía sin palabras, que dependiendo de como actuarán les valdría la vida. Finalmente el hambre que arrastraban, la sed que les martirizaba y la necesidad de los recambios para el automóvil, les infundieron el valor necesario, para sobrepasar la invisible neblina que notaban de terror. Una vez dentro del recinto, todo cambió, los perros seguían gruñendo y ladrando, pero ellos, inexplicablemente se armaron de valor y sobre todo a Rabit y Hassan, algo muy fuerte y desconocido, les estaba traspasando, era como si fuera un nuevo sentimiento, una nueva forma de ver las cosas y el color. Y el color era el rojo.
— Diablos, huele que alimenta, casi me había olvidado del olor de la comida.
— Escúchame viejo cabezón, tu no vas a comer nada hasta que consigas el último tornillo que necesitamos para arreglar el auto, sobre mecánica arréglatelas tú con el dueño, Rabit te acompañará. Yo mientras me las veré con ese filete que huelo y con esa cerveza que me pienso tragar y te lo advierto viejo, a la mínima, Rabit te ensarta como a un pinchito.
— No cometas locura, por el amor de Dios, salgamos de aquí en paz — le rogaba Mahed.
— Eso ya se verá. Rabit y Mahed se dirigieron a la nave de la izquierda, Hassan a la de la derecha.
— Buenos días caballeros, a su servicio Tomás García, les puedo ofrecer casi de todo, con el corazón en la mano, si por supuesto, vienen con buena voluntad. Tomás estaba sentado en un pequeño taburete tapizado en negro, justo detrás de un banco de trabajo; en la mesa, docenas de cachivaches y herramientas adornaban su vista. Cuando giró sobre sí mismo y miró de frente a los dos extraños, que se adentraban en su taller, la cara de Tomás no cambió un solo gesto, de los que adornaban su arrugada y feliz cara. Aunque la contemplación de nuestros dos viajeros, no fuera precisamente la más agradable de contemplar, Tomás parecía estar habituado a conocer a gente de la carretera, personas sudorosas y con la mirada suplicante de alguien que solo pide que le arreglen su coche y salir pitando de allí lo más rápido posible. Sin embargo, aunque Tomás oliese los cuerpos sudados, después de una buena caminata a treinta y ocho grados y sin agua, no veía en los ojos, esa mirada suplicante y aterrorizada, veía mas bien y a pesar de que Tomás no movió un solo músculo de su cara, la violencia y la muerte en los ojos de Mahed y Rabit.
— Buenos días amigo, con buena voluntad se viene, resulta que nos hemos quedado averiado, a varios kilómetros de aquí, el radiador está echo trozos y posiblemente la bomba del agua también y es que el nivel de la temperatura se me ha debido estropear y no me ha avisado de calentón del coche. Los viejos se entienden a las mil maravillas y el dueño del taller vio en Mahed algo de simpatía en sus modales.
Pensándolo bien, el viaje que llevaban aquellos hombres bien merecía toda su amabilidad, para Tomás que ese viejo moro, debía de tener muchas historias que contar, quizás le contara alguna a él de sus días en el Sahara. Quizás los ojos de Mahed fueran más compasivos que los del muchacho, llenos de silencio y amargura, mejor conocería más al viejo y pasaría del joven, a la espera de su ímpetu y rebeldía, la carretera debía haber hecho mella en él y sus consecuencias, él sabía cuales eran.
— Bueno en circunstancias normales, iríamos a por su coche en mi grúa, pero resulta que se me averió la semana pasada y no tenía piezas de recambio para el modelo que conduzco, así que estoy esperando que me la manden, como habrá podido comprobar, este sitio está un poco lejos de todo, así que como todavía no he recibido las piezas, tengo la grúa inmovilizada. De todas formas, como habrá podido ver, en el desguace que regento, algunos coches hay, a lo mejor, le sirve alguno. ¿Qué modelo conduce usted?. Efectivamente, Mahed podía apreciar, como detrás de la nave, en el descampado, había lo que se conoce, como un cementerio de coches, pero este era desorbitado, lo que Tomás llamaba algunos coches, en realidad eran docenas de filas de coches, que ocupaban varias hectáreas, todos puestos unos a continuación de otros. Parecía extraño que no tuviera recambios para su grúa, pues la variedad de modelos existentes en el desguace parecía infinitos. Marcas nacionales, modelos importados, con más o menos años, todos perfectamente aparcados, parecían descansar en su último destino. Algunos se apreciaban que le faltaban piezas, pero otros, sino fuera por el polvo acumulado en sus chapas, parecían recién puestos en aquel lugar.
— ¡Uauh! y usted le dice a esto, algunos coches, con las piezas que se pueden juntar con todos ellos, se pueden armar cien coches.
— Entiende de mecánica, amigo.
— Algo, por ello, no quiero molestarle en absoluto, me conformo con que tenga el radiador y la bomba del agua de un Mercedes Benz 300 D del año 72 y si me presta un carrillo de mano, nos lo llevaremos todo y cuando pasemos por aquí, le dejo de nuevo el carrillo. No si antes, le pido por favor, que cuando quitemos el radiador sí lo tiene y antes de emprender el regreso, me ponga una comida, como la que seguro, se está zampando mi compañero.
— ¿Su compañero? Creía que solo eran ustedes dos.
— No, mi amigo Hassan tenía más hambre, que ganas de desmontar el radiador y decidió pasarse primero por el bar, para beber y comer antes que nada.
— Bueno, pues seguro que va a tener mas suerte que usted amigo, mi hija Ana, sabrá saciarle el hambre a las mil maravillas, porque usted tiene la suerte o la desgracia de que yo tenga el Mercedes que busca, así que tendrá que aguantarse el hambre un poco más. Mientras, Ana preparará unas chuletas acompañándolo todo con un estupendo tinto, que me traen del norte, nos daremos un banquete a costa del Mercedes.— salía sonriendo Tomás hacia el descampado.
— Estupendo, entonces muéstreme el coche y luego comeremos. Por cierto, ¿esos perros son peligrosos?, ¡Tienen una pinta de alucine!. Los perros, observaban y escuchaban en el más estricto silencio, doce pares de ojos negros, brillando con dos siluetas en sus iris, desgarbadas y peligrosas. ¿Es que sus amos, no olían el peligro inminente? Ellos sí lo sabían reconocer. El olor majestuoso y bondadoso de su dueño, todo paciencia y amabilidad, se mezclaba peligrosamente, primero, con un olor a miedo y cansancio, el olor a gastado y a rendición de Mahed, mucho más débil que el segundo del muchacho, pura energía y determinación, pero determinación y eso lo notaban con gran fuerza, a muerte y a la causa del dolor. Ellos conocían bien ese olor, acostumbrados al asesinato, en las luchas en la arena a los que Ana, los adiestraba desde cachorro. Ellos sabían reconocer, por la distinción de los olores, él de la bondad, él del miedo o él del asesino y allí si se olía a ese hervor. Pero era distinto, lo reconocían, ellos se enfrentaban cuerpo a cuerpo, colmillos con colmillos, adiestrados para morder, adiestrados para luchar a muerte y hasta el fin, pero en el muchacho había salido, había crecido y multiplicado, no en un olor de entrenamiento, en el del muchacho era un olor nacido y crecido, madurado a base de odios y acatamientos, a la determinación del mal y a la sangre.
— Bueno, eso depende de muchas cosas, por cierto ¿su amigo es mudo?.
— Ja, ja, ja, ja, bueno, eso también depende de muchas cosas, ja, ja, ja, ja.
