A mi mujer, después de los hechos que les voy a contar, ya no la volví a ver jamás, aunque supongo, que continuará en ese maldito hotel, cuyo recuerdo, crean me, me pone los pelos de punta y que a lo largo de mi vida me ha causado tantos estragos psicológicos, y que ante tal realidad antinatural he llegado a la conclusión de dejar las cosas como están, deseando eso sí, que la muerte le llegara lo antes posible.Todo ocurrió paradójicamente con el deseo de mi esposa de obtener un precioso collar de oro y perlas negras, que le regalarían por el solo echo de la asistencia a una reunión de contenido desconocido, hasta la asistencia de la misma, y de duración indeterminada.Paradójicamente, nunca supe de la existencia de dicho collar de perlas, sí del negro destino que nos reservaba la reunión, de duración eterna y tiempo determinado por circunstancias de horrible descripción.
La mañana amaneció, cálida y soleada, recuerdo que íbamos muy fresquitos debido a las agradables temperaturas que se avecinaban, también recuerdo, el escalofrío tan intenso que recibí, nada mas entrar por las puertas del hotel, recuerdo un comentario que escuché de una pareja que venía detrás de nosotros y fue: La extrañeza del por qué tenían el aire acondicionado tan alto. Y es que hacía tanto frío que incluso provocaba el típico vaho que sale de la boca y de la nariz cuando uno entra en una cámara frigorífica, sólo que esta vez estábamos entrando en el hall de un hotel de lujo.Las caras, de los asistentes a la reunión, eran las normales, a las caras de cualquier persona que asiste a una reunión de este tipo, las de desear que acabe lo antes posible, nos den el regalito, y marcharnos pronto a tomar el cafelito en el bar de enfrente. Hechos normales, si fuera una reunión normal, cosa que por lo que ocurrió más tarde, lejos sería de serlo.Las azafatas que nos recibieron llevaban unos trajes de chaqueta negra, con unas faldas muy cortas y ajustadas, con tacones de aguja muy altos y con un pelo negro, larguísimo, que casi les llegaba las puntas al suelo, en el cuello llevaban un hermoso collar de perlas negras con un enorme rubí en el centro, recuerdo la admiración y las exclamaciones de asombro que provocaron, entre los asistentes.El oficiante al acto, un hombre de edad indeterminada, con traje de chaqueta negra, con el pelo igualmente muy largo y con el mismo collar impresionante en el cuello. Recuerdo que muchos maridos al ver a tan extraños personajes, le comunicaban a sus esposas el deseo de marcharse. Pero ellas al ver tan espléndidas joyas, llenos sus ojos de codicia, aumentaban más el deseo de poseerlas, que equivocadas estaban, si creían que las poseerían.
Nos sentamos en incomodísimas sillas, y de pronto comenzó la pesadilla.El oficiante, pronunció unas palabras en latín, hizo unos gestos con las manos y antes de que me diera cuenta estaba en un pasillo larguísimo y de unos dos metros de ancho, de un color blanco fluorescente, sin más ruido que mi respiración y mis pasos. Con un frío horroroso y en un estado de nervios y de perplejidad absoluta, lo único que se me ocurrió fue comenzar a correr por el pasillo maldito.Correr, correr, correr por un pasillo blanco, que irradiaba tanto de las paredes, como del mismo suelo y techo, sin detalles ninguno y con un silencio sepulcral, solo el blanco cegador y un frío que no sé de donde salía.De pronto, cuando llevaba corriendo no sé cuanto tiempo, ni distancia, por ese pasillo blanco sin igual, veo a lo lejos un punto negro, que al ir acercándome, observo que es una puerta, salvado, al fin a terminado la pesadilla, cuando al rato, me planto enfrente de ella, un impresionante sentimiento de miedo se apodera de mi persona.¿Qué está ocurriendo, a dónde he llegado, qué habrá detrás de esta puerta, qué misterio se cierne a mi alrededor?. La mente bloqueada al principio, comienza a preguntarse que diablos está ocurriendo. Abro la puerta negra como el carbón, sin un detalle significativo salvo un pomo igualmente negro, la abro con facilidad, y lo único que me encuentro al otro lado es un pasillo, exactamente idéntico al anterior.Comienzo a correr de nuevo, pensando desesperado, que el destino me estaba jugando una mala pasada y que al final de la siguiente puerta estaría la esperada salida. Que equivocado estaba, la puerta si llegó, idéntica a la anterior, pero la salida, ¿tendría salida aquel pasillo siniestro? ¿Qué edificio, o construcción sería aquella, en el que no existía una sola curva o esquina, en el cual llevaba recorrido que sé yo, cuántos kilómetros en línea recta, por unos pasillos de idéntica decoración, si se le podía llamar decoración a un blanco tan diabólico y a un ambiente tan gélido, donde a cada cierta distancia te encontrabas una puerta, para que al abrirla, encontrarme el mismo pasillo al anterior?.
A la quinta puerta un grito desgarrador y violento salió de mi garganta, los pocos nervios controlados que me quedaban salieron despedido en forma negación a la realidad Noooooooooooooooo.La carrera se convirtió, en un pequeño trote, y el trote en un andar precipitado hasta que al final terminé en un paso a paso, cansino y autómata, consecuencia lógica de mi loca realidad. El sudor me inundaba, hasta el último poro de mi cuerpo, tanto arrastrar el paso me estaba causando ampollas en los pies y el olor a sudor se mezclaba con el olor a miedo y desesperación. Y el hambre y la sed se fueron convirtiendo poco a poco en apremiantes. Aunque esto último, y justo cuando mis fuerzas se iban menguando a un ritmo peligroso, cuando ya llevaba no sé cuantas puertas abiertas, me encuentro con una sala enorme, blanca y fría al igual que los pasillos, pero de unas dimensiones exageradas tanto en altura, como en anchura, salas como esa, sin columnas, sin paredes a la vista, ni techo perceptible, no lo había visto en ningún momento de mi vida, ni en ningún lugar conocido, ni siquiera en fotografías.
Dentro de la sala, en filas en la que la vista no llegaba a ver el final, había estanterías de metal, con cuatro bandejas de altura, repletos de todo tipo de alimentos y bebidas vistos y por haber, carnes, pescados, frutas, dulces, botellas de agua, de vino, de cerveza, alimentos preparados para miles y miles de personas, solo que el único comensal, que existía y respiraba en esa inmensa sala era mi persona. La comida estaba fría, el ambiente era frío, mi cuero estaba frío, pero tenía muchísima hambre, y no tenía más remedio que reponer fuerzas, así que, y a pesar que él que había colocado la comida se había olvidado de los cubiertos, los manteles y servilletas, las sillas y las mesas. Comencé a devorar y a beber todo lo que pude, mi cuerpo necesitaba proteínas y vitaminas, para sabe Dios que diabólica existencia me esperaba.Comí hasta saciarme, bebí bastante líquido, incluso, me llevé algo para más tarde y continué andando por la sala, en línea recta, viendo a mi alrededor las estanterías repletas de comida y bebidas, sin encontrarme a ningún ser vivo, eso sí y al final, cuando ya llevaba un buen trecho, con este espectáculo increíble, encontré una puerta negra, la abrí y sin asombrarme ya mucho, me encontré, de nuevo con otro pasillo, largo, frío blanco y desolador.Avanzaba paso a paso, firmemente convencido de encontrar una salida fuera como fuera, mientras, mi mente no paraba de pensar y pensar ¡qué extraña situación! ¿Qué diabólicos poderes me mantenían en este estado de locura incontrolada? ¿Qué motivos perseguían al mantenerme en aquel infernal laberinto? ¿Qué cárcel interminable sería aquella?.
Las puertas, se fueron sucediendo aproximadamente cada dos mil pasos, desde la primera hasta la última, nada había cambiado, excepto mi estado físico y psíquico. Todos los pasillos eran idénticos, todas las puertas eran idénticas, el frío era el mismo desde que aparecí en este lugar y o que más me inquietaba, era el hecho de que no sabía la causa por la que estaba allí, no conocía a mis malvados raptores, ni mucho menos sus intenciones sobre mi persona, era de locos.Cuando llevaba cuatro puertas traspasadas, el agotamiento era muy acusado en mi persona, al tener siempre la misma luminosidad no controlaba el día de la noche, el reloj de pulsera se paró hace tiempo, pero el estómago me volvía a indicar que hacía horas que había comido, por lo que tomé la decisión de pararme, sentarme en medio del pasillo, y con la poca comida que llevaba encima, me preparé lo que pude, minutos más tarde, estaba tirado en el pasillo, encogido y dormido como un niño chico. Me desperté, no sé cuantas horas después, me levanté de un salto y enseguida se me vino la pesada realidad encima, llorando de miedo continué andando.A la segunda puerta, mis raptores me tenían reservada otra sorpresa. Un espacio vacío, sin paredes, ni techo, ni columnas, ni ventanas, ni nada que me diera una idea de sus dimensiones, se extendía a mi vista. Una luz blanca cegadora, y un frío polar, era lo único que me daba la bienvenida y al igual que la anterior, el único mobiliario existente eran cientos de estanterías almacenando cientos y cientos de toneladas de ropa y calzado. Ropa de verano, de invierno, ropa de montaña, ropa de agua, zapatillas de deporte, botas de montaña.
En fin, ropa y calzado en proporciones exageradas para un único consumidor. Así que me equipé lo mejor posible y continué la marcha, suponiendo que algún significado tendría todo aquello.Intuía que el final estaba cerca, no sé porque no me veía andando toda la eternidad, no sabía con exactitud cual era mi destino, pero suponía algún plan macabro cuyo final estaba seguro estaba al llegar.Que equivocado estaba, no sabía que ahora me daría cuenta de las proporciones de mi pesadilla, y de la grandeza de terror que me esperaba.Al traspasar una puerta, entré de lleno en una sala luminosa y fría, como las demás, o por lo menos eso creía yo, en esta había una gran diferencia. Había personas, o al menos, eso es lo que parecían. En esta gran sala, de proporciones indeterminadas como las anteriores, existían seres humanos, y algunos de ellos se veían que llevaban bastante tiempo allí. Había algunos grupos, que hablaban cabizbajos, seguros de su futuro incierto. Había otras personas, que se veían más veteranas, por su desenvoltura en el lugar, que le quitaban las pocas esperanzas que tenían de salir de allí, a algunos que iban llegando. Algunos infelices, se veían purpurar, sin rumbo fijo, los ojos perdidos, y sus mentes idas, sabe Dios desde cuanto tiempo atrás.Había personas, que tras haberse hecho la idea de su situación, ayudaban física y psicológicamente a docenas de personas que iban llegando, por las docenas y docenas de puertas que habían en el recinto. Les explicaban, que nadie sabía donde se encontraban. Les describían el lugar, como un lugar sin paredes ni techos, inmenso pero cerrado, un amplio pero hermético, con miles de puertas que no daban a ningún sitio, lo llamaban “el destino”, y por lo que sabían nadie había hablado con ellos para explicarles por qué estaban allí, aunque todos conocían a los hombres y mujeres de las perlas negras. Les explicaban que había algunos que llevaban mucho tiempo allí, les contaban que la luz y el frío eran constantes en ese lugar, les aconsejaban que se lo tomaran con filosofía o de lo contrario perderían el poco sentido que les quedaba, les informaban que había grupos de personas que semanalmente iban a los almacenes de comidas y ropas que habíamos visto antes, que sí queríamos algo se lo preguntáramos a los responsables y que si queríamos apuntarnos a algunos grupos organizados se lo comunicáramos, dicho esto y poco más, se iban a otro grupo de recién llegados, era demencial.Había otros grupos que chillaban para hacerse oír, buscaban la libertad, eran hombres y mujeres, que tenían una migaja de ilusión, y se imaginaban la posibilidad de encontrar una salida, apoyaban la unión y con ello la lucha para buscar soluciones, hablaban de unas puertas azules, en las cuales una de ellas darían al exterior, estaban en contra de que nos diéramos por vencido, gritaban con todas sus fuerzas, de que al ser tantos, alguna solución encontraríamos, pero muchas de esas personas estaban agotadas, el solo hecho de luchar de nuevo, les cansaba, se conformaban con estar en grupo y sobrevivir.
Lo primero que hice, fue buscar a mi mujer, por todas partes, incluso le describía su aspecto a los grupos de bienvenida, a pesar de ser tantos, la busqué con todo mi corazón, pero al final me rendí a la evidencia, conociendo su carácter, quizás se quedará atolondrada en unos de los pasillos, y loca de desesperación no atravesaría muchas puertas, quizás murió en unos de esos malditos pasillos blancos, de hambre, sed y locura.Al final me uní a la idea de salir de allí, prefería morir intentándolo, así que me uní a un hombre y a una joven, recién llegados como yo, no admitían la idea de envejecer en ese fatídico lugar.Nos dirigimos al norte, el vacío era impresionante, la luminosidad blanca hacía el efecto parecido al de la niebla, de tal forma que si nos separáramos mucho, desaparecíamos de la vista de los otros dos, decidimos ir bastante juntos. El silencio era total y el frío horroroso, gracias a un agudo sentido de la orientación seguíamos una línea recta bastante acertada. Después de yo no sé cuantas horas andando, descubrimos a lo lejos, cientos de puertas en línea de color rojo, esperanzados corrimos hacia ellas.Empezamos a abrir puertas, el espectáculo era dantesco, de esto no nos habían hablado nada el comité de bienvenida, al abrir las puertas, nos encontramos con habitaciones pequeñas de unos dos metros por dos metros, sin ningún tipo de mobiliario. En algunas había parejas de hombres y mujeres viviendo juntos, algunas parejas habían incluso engendrado hijos, niños y niñas normales en apariencia, pero con un extraño brillo en los ojos, fruto sin duda de la luminosidad permanente.En algunas habitaciones vivía una sola persona, que al abrirles las puertas y mantener un intento de comunicación, se encogían en una esquina y allí se quedaban con la cabeza entre las piernas, tiritando de miedo.
En otras habitaban todo lo contrario, al abrir las puertas y mantener un intento de comunicación, se mostraban agresivos y lanzaban palabrotas contra nosotros, rápidamente al ver su agresividad cerrábamos las puertas.Seguimos abriendo y cerrando puertas y poco a poco se iban viendo más habitaciones vacías, cuando por fin ya todas estaban vacías, intuimos que era el final de la mini-aldea que se habían creado, seres convertidos en anti-seres. Al mirar atrás, vimos como se habían reunidos todos juntos y nos hacían señales como de volver o de despedida, y nos gritaban algo así como ¡cuidado con la pantera, cuidado con la pantera!.Seguimos abriendo y cerrando puertas, seguros de encontrar alguna que diera a un pasillo. Cuando llevábamos, ya no sé cuantas miles, dimos con una que en vez de ser una habitación daba a un pasillo. Casi al borde de la desesperación, dimos con nuestra puerta de la libertad ¡o eso creíamos!. Esta vez curiosamente, los pasillos eran más cortos, algunos al abrir una puerta, el pasillo doblaba en dirección izquierda, otros doblaban en dirección derecha, algunos, al abrir una puerta, inmediatamente a continuación había otra puerta, algunas veces desembocaba el pasillo en varias puertas, algunas cerradas y otras abiertas, era de locos. Abrir puertas, cerrar puertas, girar a la derecha, girar a la izquierda, pasillos de varios kilómetros, pasillos de varios pasos, un descontrol total. De pronto la escuchamos, a pesar del silencio existente, fue alto y claro, un rugido feroz y hambriento, con seguro de muy malas intenciones. Al final, en un pasillo largo la distinguimos a lo lejos, una pantera negra como el carbón, corriendo hacia nosotros. El pánico se apoderó de nosotros, comenzamos a correr, temiendo por nuestras vidas. Abríamos y cerrábamos puertas a ton y son, y con asombro, nos dimos cuenta de que la pantera era más rápida que nosotros, incluso era capaz de abrir las puertas que cerrábamos a nuestro paso. Poco a poco, fue comiéndonos terreno, y ya al abrir las puertas precipitadamente y al mirar hacia atrás, adivinamos, que íbamos a ser plato seguro de aquel animal.Una de las veces, tardamos un poquillo más en abrir una puerta, y nuestro viejo amigo, fue alcanzado mortalmente, por unas de las garras del animal hambriento. No pudimos hacer nada por recuperarlo, presas de un pánico incontrolado intentamos como pudimos el pomo de la puerta. A lo lejos escuchábamos los golpes de la pantera sobre la puerta, cuánto duraría cerrada, aguantando las embestidas de aquel animal abominable. Finalmente y cuando ya estábamos en un estado, en el que nos íbamos cayendo a medida que íbamos corriendo. Al abrir una puerta nos encontramos con un patio de un edificio, enseguida nos dimos cuenta que la luz era solar, debería ser el final, pues no existían más puertas.
El patio era de forma cuadrada, y desde el suelo hasta el último piso, subían de forma piramidal, unos maceteros con unas plantas en su interior muy extrañas, los maceteros se interponían unos a otros, de forma que parecían escalones, sin dudarlo dos veces, comenzamos a escalar, seguros de nuestra próxima libertad, y de acabar pronto con esta pesadilla.Cuando llegamos al último piso, después de no pocos peligros en la subida, agarrándonos mutuamente para no precipitarnos al vacío, nos daos cuenta que el último piso es una cafetería de lujo. Entramos y cual será nuestra sorpresa al descubrir que todos los hombres y mujeres que en ese momento estaban en la cafetería, vestían de negro, tenían el pelo larguísimo y llevaban en sus cuellos un collar de perlas negras. No dábamos crédito a nuestros ojos, ellos tomando café tan tranquilos, mientras, quién sabe donde, existía un submundo de miseria y locura total.Enfilamos rápidamente hacia la salida más próxima, las caras de nuestros verdugos estaba pasando de la perplejidad a la acción, ya varios hombres, se estaban aproximando, y otros ya se estaban levantando, preparados para atacarnos en cualquier momento.El pasillo al que salimos, no se parecía en nada a los anteriores, que tantas pesadillas nos habían causado. Pintados con tonos agradables y decorados con caros cuadros, hacían irreal el trauma vivido.Dudosos entre escapar por las escaleras, o por los ascensores, el hilo musical del hotel, pasó de una agradable balada al atronador sonido de una sirena y las luces pasaron de un leve resplandor a un rojo intenso, sinónimo de alarma y emergencia.Decidimos arriesgarnos y al observar unos huecos con unas pequeñas tapaderas incrustadas en la pared, dimos por hecho que se trataba de los típicos túneles, que tienen algunos hoteles para echar la ropa sucia y mandarla directamente a la lavandería.
Dicho y hecho, justo un instante antes de que un grupo de malvados doblaran por el pasillo, directos a nuestro encuentro, la tapadera del hueco daba su último golpecito en la pared. La oscuridad era total, la inclinación casi vertical, la velocidad que íbamos cogiendo, nos hacía presagiar un rápido destino, dando por hecho que al final del túnel hubiese algo blando, de lo contrario, el golpe iba a ser tremendo. Afortunadamente, después de varios minutos, de caída en picado, demasiados a mi entender, dada la velocidad que llevábamos, caímos directamente en un montón de sábanas sucias.La perplejidad de los trabajadores de la lavandería, no fue tan tardía como quisiéramos, pues antes de levantarnos, ya estaban marcando el teléfono de emergencias del hotel, e incluso algunos valientes intentaron atraparnos. Por poco, fuimos más rápidos que ellos, de la puerta de la lavandería, a un gran almacén, del almacén a la cocina, de la cocina a un gran restaurante, del restaurante al hall del hotel, del hall del hotel a la salida.
Corríamos ya tan felices, la libertad ya casi se podía oler, la pesadilla iba llegando a su fin, las personas que iban entrando al hotel, veían a dos seres humanos pasar por su lado a toda velocidad, llorando y riendo a la vez, ciegos de ira y de esperanza.La noche, atrapó con su manto de oscuridad a la gran ciudad, y nosotros al salir a ella quedamos encandilados ante tal baile de luces de colores y sonidos dispares. Tanto, que mi compañera no supo reconocer a tiempo, los silbidos insistentes de los guardias de tráfico y el atronador claxon de un trailer de mercancías, la pobre desgraciada, sólo tubo tiempo de ver horrorizada, el enorme radiador del camión, segundos antes de ser completamente aplastada, por sus enormes dieciocho ruedas.Yo me quedé paralizado de golpe, los peatones que vieron fascinados el atropello, no daban crédito a sus ojos, los segundos fatales que me quedé inmóvil, fueron suficientes para provocar mi fatal desenlace.Los peatones al verme, se apartaban de mi camino, mi aspecto debía de ser de locos. Al pedir ayuda a los conductores, para que por favor me subieran al coche, aceleraban la marcha sin dudar, los policías entretenidos con el atropello, no se percataron de mi presencia, y mis fatídicos verdugos, aprovecharon el lapsus, para agarrarme, he introducirme en el hotel, sin sospechas ninguna.Ahora, termino de escribir mis vivencias, en esta prisión tan peculiar, después de llevar, que sé yo cuantos años, encerrado en una habitación. El tiempo se ha vuelto agotador, he decidido negarme a comer y a beber, aunque he conocido a algunos que los mantienen con suero, mi vida ¿vale tanto?.
